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Is.53:5- (a) "Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados;..."



FUE POR NUESTRAS REBELIONES...



 Como ministros del Nuevo Pacto, nos encontramos que el velo que separaba el Santo del Santísimo del Tabernáculo y del Templo fue roto de arriba abajo y no se puede ministrar sino en el Santísimo, Un cordero es presentado, el que fue inmolado desde antes de la fundación del mundo, aquello que era figura y sombra en el Antiguo Testamento, pues aquello que hacía el Sacerdote mosaico, si bien era guardado celosamente, había un velo tan grueso, que solo era traspasado por el ojo profético, y el mismo sacerdote que ministraba, no sabía que estaba dando testimonio de UNO que estaba derramando SU sangre por el... muy santo aquel sacerdote según los estadares interpretados en las Escrituras era una figura que imponía respeto y temor. 
 Pero aquí vemos a un Profeta que puede ver a UNO queestaba siendo despreciado y desechado, un varón de dolores y experimentado en quebrantos, puede ver heridas, puede ver llagas, puede ver angustias por ser despreciado, puede ver a uno como un cordero mudo y podría pensar ¿Cual será su culpa? ¿Por que es castigado de semejante manera? Algo habrá hecho, solemos sentenciar nosotros, pero la iluminación profética le hace declarar: "...Mas El, herido fue por nuestras rebeliones". "MOLIDO, por nuestros pecados...", desmenuzado, machacado como las aceitunas para el aceite de las lámparas...
 Oh! si aquel sacerdote mosaico hubiese entendido este misterio que hoy nos es revelado, con que temor vería la sangre de la victima, con cuanto llanto penitente habría ministrado de rodillas, que allí había una víctima sustituta que muere por el, que muere por mi, que muere por tí... El mismo profeta debe haberse quedado pasmado de lo que estaba escribiendo, "Mas él herido fue por nuestras rebeliones..."
 Nuestra mente finita, no tiene alas suficientemente fuertes como para sobrevolar estas alturas, pero como es tan emocionante, haremos siempre el intento para descubrir un poco mas cada día de Quien es Aquel que muere y quienes somos nosotros...
 Permitido por el Padre, entrega a Su Hijo por todos nosotros, pero lo entrega a participar de carne donde una raza caída moral, espiritual y físicamente quebrantada, lo entrego a la pobreza, lo entregó a ser uno mas, sin sobresalir por sus treinta años, lo entregó a la incomprensión, a la ignorancia de cuantos le rodeaban, lo entrego a la soledad, lo entrego a la incredulidad aún de sus hermanos... Pero lo mas grande es que el tiene gozo de hacerlo, y en esto vemos que se muestra el amor de Dios Rom.5:8 "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros". Y decir pecadores, para nosotros pudiera ser que interpretemos que es algo liviano, y digamos ¡Y bueno!, ¡soy pecador!, ¿que se le va a hacer?, Quizá alguno diga tomándose alguna licencia: ¡Y bueno, es lo único que hago...!, 
 Que hoy, en este día, podamos meditar que fue el Hijo de Dios quien fue mortalmente herido por nuestras rebeliones, para saber el precio que fue pagado para que nosotros fuésemos santos y sin mancha delante de El...
 ="Les ruego solemnemente que me acompañen con sus meditaciones, durante unos cuantos minutos, mientras les presento las heridas del Señor Jesús. Dios resolvió restaurarnos, y, por ello, envió a Su Unigénito Hijo, "Dios verdadero de Dios verdadero", para que descendiera a este mundo y asumiera nuestra naturaleza, para consumar nuestra redención. Él vivió como un hombre entre los hombres; y, en el tiempo señalado, después de treinta o más años de servicio, llegó el momento en el que debía hacernos el mayor servicio de todos, es decir, ponerse en nuestro lugar, y soportar el castigo de nuestra paz. Él fue a Getsemaní, y allí, con el primer sorbo de nuestra amarga copa, sudó grandes gotas de sangre. Fue al pretorio de Pilato, y al tribunal de Herodes, y allí bebió más sorbos de dolor y de escarnio en nuestro lugar y posición. Por último, lo llevaron a la cruz, y lo clavaron allí para que muriera, para que muriera en lugar nuestro: "el justo por los injustos, para llevarnos a Dios." 
 La palabra "heridas" es usada para declarar Sus sufrimientos, tanto del cuerpo como del alma. Todo Cristo fue hecho un sacrificio por nosotros: Su humanidad entera sufrió. En cuanto a Su cuerpo, compartió con Su mente un dolor que nunca podría ser descrito. En el principio de Su pasión, cuando Él enfáticamente sufrió en nuestro lugar, se encontraba en agonía, y de Su estructura corporal destiló tan copiosamente un sudor sangriento, que caía hasta el suelo. Es muy raro que un hombre sude sangre. Se ha sabido de uno o dos casos, y han sido seguidos por una muerte casi instantánea; pero nuestro Salvador vivió, vivió después de una agonía que, para cualquier otro, habría demostrado ser fatal. 
 Antes de que pudiera limpiar de Su frente esas terribles gotas de color púrpura, lo llevaron apresuradamente a la casa del sumo sacerdote. En plena noche lo ataron y se lo llevaron. En seguida lo condujeron a Pilato y a Herodes. Estos lo hicieron azotar, y sus soldados le escupieron en el rostro, y le abofetearon, y pusieron sobre Su cabeza una corona de espinas. La flagelación es una de las más terribles torturas que la malicia puede infligir. Es una eterna ignominia para los ingleses que hubieran permitido que "el látigo de muchos ramales" fuera usado sobre el soldado; pero para el romano, la crueldad era tan natural que convirtió a sus castigos comunes en experiencias peor que brutales. Se dice que el azote romano era fabricado con los tendones de los novillos, que eran retorcidos para formar nudos, y en estos nudos eran insertadas astillas de huesos, y fragmentos de huesos de la cadera de las ovejas; de tal forma que cada vez que el látigo caía sobre la espalda desnuda dejaba profundas heridas desgarradoras, "sobre mis espaldas araron los aradores; hicieron largos surcos". Nuestro Salvador fue destinado a soportar el fiero dolor del látigo romano, y esto no como el "finis" (el término) de Su castigo, sino como algo preliminar a la crucifixión. A esto añadieron las bofetadas y además le arrancaron el cabello: no le escatimaron ninguna forma de dolor. 
 A pesar de todo Su desfallecimiento como resultado de la pérdida de sangre y del ayuno, lo obligaron a llevar Su cruz hasta que otro fue forzado a llevarla, tratando de prevenir, en su crueldad, que la víctima muriera en el camino. Le desnudaron, lo derribaron, y le clavaron al madero. Traspasaron Sus manos y Sus pies. Izaron el madero con Su cuerpo clavado a él y luego lo hundieron violentamente en su base en el suelo, de tal forma que todos Sus miembros fueron dislocados según el lamento del Salmo veintidós: "He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron". Pendió bajo el sol ardiente hasta que la fiebre disolvió Su fuerza, y dijo: "Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte." 
 Allí colgó, como un espectáculo ante Dios y los hombres. El peso de Su cuerpo fue sostenido primero por Sus pies, hasta que los clavos rompieron los tiernos nervios: y luego el doloroso peso comenzó a rasgar Sus manos, desgarrando esas sensibles partes de Su estructura corporal. ¡Sabemos cómo una herida muy pequeña en la mano ha producido tétano! ¡Cuán terrible habrá sido el tormento causado por esos hierros que rasgaron las partes delicadas de las manos y de sus pies del Salvador! Ahora todo tipo de dolores corporales se centraban en Su torturado esqueleto. Todo ese tiempo Sus enemigos se agruparon a Su alrededor, señalándole con escarnio, sacando sus lenguas en son de burla, haciendo gracias de Sus oraciones, y deleitándose en Sus sufrimientos. 
 Él clamó: "Tengo sed", y entonces le dieron vinagre mezclado con hiel. Después de un tiempo dijo: "Consumado es". Él había soportado el dolor designado hasta su límite, haciendo una completa vindicación a la justicia divina: entonces, y sólo hasta entonces, entregó el espíritu. Los santos hombres del pasado se han explayado muy amorosamente en los sufrimientos corporales de nuestro Señor, y no tengo ninguna vacilación en hacer lo mismo, confiando en que los trémulos pecadores puedan ver la salvación en estas dolorosas "heridas" del Redentor. 
 No es fácil describir los sufrimientos corporales de nuestro Señor: reconozco que he fallado en el intento. Pero los sufrimientos de Su alma, que fueron el alma de Sus sufrimientos, ¿quién podría concebir cuáles fueron siquiera, y mucho menos expresarlos? En el propio inicio les dije que sudó grandes gotas de sangre. Ese fue Su corazón que estaba expulsando sus flujos vitales a la superficie, a través de la terrible depresión de espíritu que le había poseído. Dijo: "Mi alma está muy triste, hasta la muerte." La traición de Judas, y la deserción de los doce, afligieron a nuestro Señor; pero el peso de nuestro pecado fue la presión real de Su corazón. Nuestra culpa fue el lagar que exprimió de Él el jugo de Su vida. 
 Ningún lenguaje puede expresar jamás Su agonía ante la expectativa de Su pasión; entonces, cuán poco podemos concebir la pasión misma. Cuando estaba clavado en la cruz, soportó lo que ningún mártir hubiera podido soportar jamás; pues los mártires, al morir, han sido sostenidos de tal manera por Dios, que se han regocijado en medio de su dolor; pero nuestro Redentor fue abandonado por el Padre, hasta el punto de clamar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Ese fue el más amargo clamor de todos, la mayor profundidad de Su insondable dolor. Sin embargo, era necesario que fuera desamparado, porque Dios ha de volver Su espalda al pecado, y, consecuentemente, hubo de dar la espalda a Aquel que fue hecho pecado por nosotros. El alma del grandioso Sustituto experimentó un horror de sufrimiento en lugar de aquel horror del infierno en el que los pecadores habrían sido sumergidos si Él no les hubiera quitado el pecado, cargando con él, y no hubiera sido hecho maldición por ellos. Está escrito: "Maldito todo el que es colgado en un madero"; pero ¿quién sabe lo que significa esa maldición?
 El remedio por los pecados tuyos y los míos es encontrado en los sufrimientos sustitutivos del Señor Jesús, y únicamente en ellos. Estas "heridas" del Señor Jesucristo fueron sufridas por nosotros. Ustedes preguntan: "¿hay algo que debamos hacer para quitar la culpa del pecado?" Yo les respondo: no tienen que hacer absolutamente nada. Por las heridas de Jesús somos sanados. Él ha soportado todas esas heridas, y no queda ninguna para que la soportemos nosotros. 
 "Pero ¿no debemos creer en Él?" Ay, ciertamente. Si yo digo de un cierto ungüento que sana, no niego que necesiten unas vendas con las que puedan aplicarlo a la herida. La fe es el lino que sostiene el emplasto de la reconciliación de Cristo contra la llaga de nuestro pecado. El lino no sana; esa es la obra del ungüento. De igual manera, la fe no sana; esa es la obra de la expiación de Cristo. 
 ¿Acaso replica algún interesado: "pero seguramente he de hacer algo, o sufrir algo"? Yo respondo: No debes poner nada junto a Jesucristo, pues lo deshonrarías grandemente. Sólo debes confiar en las heridas de Jesús y en nada más, para tu salvación; pues el texto no dice: "Sus heridas ayudan a sanarnos", sino, "Por sus heridas hemos sido sanados." 
 "Pero debemos arrepentirnos", clama otro. Debemos arrepentirnos, en verdad, pues el arrepentimiento es el primer signo de curación; pero las heridas de Jesús nos sanan, y no nuestro arrepentimiento. Estas heridas, cuando son aplicadas al corazón, obran arrepentimiento en nosotros: odiamos el pecado porque causó que Jesús sufriera. 
 Cuando ustedes confían inteligentemente que Jesús sufrió por ustedes, entonces descubren el hecho de que Dios nunca los castigará por la misma ofensa por la que murió Jesús. Su justicia no le permitirá ver que la deuda deba ser pagada, primero, por la Fianza, y, luego, otra vez, por el deudor. La justicia no puede exigir una recompensa dos veces: si mi Fianza sangrante ha llevado mi culpa, entonces no puedo llevarla yo. Al aceptar que Cristo sufrió por mí, he aceptado una completa exoneración de la responsabilidad judicial. He sido condenado en Cristo, y, por tanto, no hay ahora ninguna condenación posterior para mí. Este es el fundamento de la seguridad del pecador que cree en Jesús: él vive porque Jesús murió en su lugar, y posición y sitio; y es aceptable delante de Dios porque Jesús es aceptado. La persona por quien Jesús es un Sustituto aceptado debe quedar libre; nadie puede tocarle; es inocente. 
 Oh mi querido lector, ¿tendrás a Jesucristo para que sea tu Sustituto? Si es así, quedas libre. "El que en él cree, no es condenado". Así "por sus heridas hemos sido sanados."= Charles Spurgeon, Sermon Nº 2000 (predicado el domingo 01/01/1888), traducido por Allan Norman.-





LECTURA BÍBLICA DE HOY
La Biblia en un Año.-  

Capítulo 4 

Ofrendas por el pecado  

Lev.4:1 Habló Jehová a Moisés, diciendo:  
Lev.4:2 Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguna persona pecare por yerro en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer, e hiciere alguna de ellas;  
Lev.4:3 si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a Jehová, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para expiación.  
Lev.4:4 Traerá el becerro a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová, y pondrá su mano sobre la cabeza del becerro, y lo degollará delante de Jehová.  
Lev.4:5 Y el sacerdote ungido tomará de la sangre del becerro, y la traerá al tabernáculo de reunión;  
Lev.4:6 y mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario.  
Lev.4:7 Y el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová; y echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión.  
Lev.4:8 Y tomará del becerro para la expiación toda su grosura, la que cubre los intestinos, y la que está sobre las entrañas,  
Lev.4:9 los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado,  
Lev.4:10 de la manera que se quita del buey del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar del holocausto.  
Lev.4:11 Y la piel del becerro, y toda su carne, con su cabeza, sus piernas, sus intestinos y su estiércol,  
Lev.4:12 en fin, todo el becerro sacará fuera del campamento a un lugar limpio, donde se echan las cenizas, y lo quemará al fuego sobre la leña; en donde se echan las cenizas será quemado.  
Lev.4:13 Si toda la congregación de Israel hubiere errado, y el yerro estuviere oculto a los ojos del pueblo, y hubieren hecho algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y fueren culpables;  
Lev.4:14 luego que llegue a ser conocido el pecado que cometieren, la congregación ofrecerá un becerro por expiación, y lo traerán delante del tabernáculo de reunión.  
Lev.4:15 Y los ancianos de la congregación pondrán sus manos sobre la cabeza del becerro delante de Jehová, y en presencia de Jehová degollarán aquel becerro.  
Lev.4:16 Y el sacerdote ungido meterá de la sangre del becerro en el tabernáculo de reunión,  
Lev.4:17 y mojará el sacerdote su dedo en la misma sangre, y rociará siete veces delante de Jehová hacia el velo.  
Lev.4:18 Y de aquella sangre pondrá sobre los cuernos del altar que está delante de Jehová en el tabernáculo de reunión, y derramará el resto de la sangre al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión.  
Lev.4:19 Y le quitará toda la grosura y la hará arder sobre el altar.  
Lev.4:20 Y hará de aquel becerro como hizo con el becerro de la expiación; lo mismo hará de él; así hará el sacerdote expiación por ellos, y obtendrán perdón.  
Lev.4:21 Y sacará el becerro fuera del campamento, y lo quemará como quemó el primer becerro; expiación es por la congregación.  
Lev.4:22 Cuando pecare un jefe, e hiciere por yerro algo contra alguno de todos los mandamientos de Jehová su Dios sobre cosas que no se han de hacer, y pecare;  
Lev.4:23 luego que conociere su pecado que cometió, presentará por su ofrenda un macho cabrío sin defecto.  
Lev.4:24 Y pondrá su mano sobre la cabeza del macho cabrío, y lo degollará en el lugar donde se degüella el holocausto, delante de Jehová; es expiación.  
Lev.4:25 Y con su dedo el sacerdote tomará de la sangre de la expiación, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar del holocausto,  
Lev.4:26 y quemará toda su grosura sobre el altar, como la grosura del sacrificio de paz; así el sacerdote hará por él la expiación de su pecado, y tendrá perdón.  
Lev.4:27 Si alguna persona del pueblo pecare por yerro, haciendo algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y delinquiere;  
Lev.4:28 luego que conociere su pecado que cometió, traerá por su ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por su pecado que cometió.  
Lev.4:29 Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de la expiación, y la degollará en el lugar del holocausto.  
Lev.4:30 Luego con su dedo el sacerdote tomará de la sangre, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar.  
Lev.4:31 Y le quitará toda su grosura, de la manera que fue quitada la grosura del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová; así hará el sacerdote expiación por él, y será perdonado.  
Lev.4:32 Y si por su ofrenda por el pecado trajere cordero, hembra sin defecto traerá.  
Lev.4:33 Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de expiación, y la degollará por expiación en el lugar donde se degüella el holocausto.  
Lev.4:34 Después con su dedo el sacerdote tomará de la sangre de la expiación, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar.  
Lev.4:35 Y le quitará toda su grosura, como fue quitada la grosura del sacrificio de paz, y el sacerdote la hará arder en el altar sobre la ofrenda encendida a Jehová; y le hará el sacerdote expiación de su pecado que habrá cometido, y será perdonado.  

Capítulo 5 

Lev.5:1 Si alguno pecare por haber sido llamado a testificar, y fuere testigo que vio, o supo, y no lo denunciare, él llevará su pecado.  
Lev.5:2 Asimismo la persona que hubiere tocado cualquiera cosa inmunda, sea cadáver de bestia inmunda, o cadáver de animal inmundo, o cadáver de reptil inmundo, bien que no lo supiere, será inmunda y habrá delinquido.  
Lev.5:3 O si tocare inmundicia de hombre, cualquiera inmundicia suya con que fuere inmundo, y no lo echare de ver, si después llegare a saberlo, será culpable.  
Lev.5:4 O si alguno jurare a la ligera con sus labios hacer mal o hacer bien, en cualquiera cosa que el hombre profiere con juramento, y él no lo entendiere; si después lo entiende, será culpable por cualquiera de estas cosas.  
Lev.5:5 Cuando pecare en alguna de estas cosas, confesará aquello en que pecó,  
Lev.5:6 y para su expiación traerá a Jehová por su pecado que cometió, una hembra de los rebaños, una cordera o una cabra como ofrenda de expiación; y el sacerdote le hará expiación por su pecado.  
Lev.5:7 Y si no tuviere lo suficiente para un cordero, traerá a Jehová en expiación por su pecado que cometió, dos tórtolas o dos palominos, el uno para expiación, y el otro para holocausto.  
Lev.5:8 Y los traerá al sacerdote, el cual ofrecerá primero el que es para expiación; y le arrancará de su cuello la cabeza, mas no la separará por completo.  
Lev.5:9 Y rociará de la sangre de la expiación sobre la pared del altar; y lo que sobrare de la sangre lo exprimirá al pie del altar; es expiación.  
Lev.5:10 Y del otro hará holocausto conforme al rito; así el sacerdote hará expiación por el pecado de aquel que lo cometió, y será perdonado. 
Lev.5:11 Mas si no tuviere lo suficiente para dos tórtolas, o dos palominos, el que pecó traerá como ofrenda la décima parte de un efa  de flor de harina para expiación. No pondrá sobre ella aceite, ni sobre ella pondrá incienso, porque es expiación.  
Lev.5:12 La traerá, pues, al sacerdote, y el sacerdote tomará de ella su puño lleno, para memoria de él, y la hará arder en el altar sobre las ofrendas encendidas a Jehová; es expiación.  
Lev.5:13 Y hará el sacerdote expiación por él en cuanto al pecado que cometió en alguna de estas cosas, y será perdonado; y el sobrante será del sacerdote, como la ofrenda de vianda.  

Ofrendas expiatorias  

Lev.5:14 Habló más Jehová a Moisés, diciendo:  
Lev.5:15 Cuando alguna persona cometiere falta, y pecare por yerro en las cosas santas de Jehová, traerá por su culpa a Jehová un carnero sin defecto de los rebaños, conforme a tu estimación en siclos de plata  del siclo del santuario, en ofrenda por el pecado.  
Lev.5:16 Y pagará lo que hubiere defraudado de las cosas santas, y añadirá a ello la quinta parte, y lo dará al sacerdote; y el sacerdote hará expiación por él con el carnero del sacrificio por el pecado, y será perdonado.  
Lev.5:17 Finalmente, si una persona pecare, o hiciere alguna de todas aquellas cosas que por mandamiento de Jehová no se han de hacer, aun sin hacerlo a sabiendas, es culpable, y llevará su pecado.  
Lev.5:18 Traerá, pues, al sacerdote para expiación, según tú lo estimes, un carnero sin defecto de los rebaños; y el sacerdote le hará expiación por el yerro que cometió por ignorancia, y será perdonado.  
Lev.5:19 Es infracción, y ciertamente delinquió contra Jehová. 


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La venida del Hijo del Hombre - (Mr. 13. 24-37; Lc. 21. 25-36; 17. 25-36; 12. 41-48) 

Mat.24:29 E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas.  
Mat.24:30 Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria.  
Mat.24:31 Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro.  
Mat.24:32 De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.  
Mat.24:33 Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las  
puertas.  
Mat.24:34 De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.  
Mat.24:35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.  
Mat.24:36 Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre.  
Mat.24:37 Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre.  
Mat.24:38 Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca,  
Mat.24:39 y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre.  
Mat.24:40 Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado.  
Mat.24:41 Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada.  
Mat.24:42 Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.  
Mat.24:43 Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa.  
Mat.24:44 Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis. 
Mat.24:45 ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?  
Mat.24:46 Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.  
Mat.24:47 De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá.  
Mat.24:48 Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir;  
Mat.24:49 y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos,  
Mat.24:50 vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe,  
Mat.24:51 y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes. 


Lecturas Matutinas de Spurgeon

FEBRERO 8.-

El nombre más insignificante.-

“Llamarás su nombre Jesús”.- (Mateo 1:21).-

Si una persona es querida, cualquier cosa que tiene que ver con ella se hace querida por su causa. Así, tan preciosa es la persona del Señor Jesús en el concepto de todos los creyentes, que cada una de las cosas tocante a El la consideran de inestimable valor, “Mirra, áloes y casia exhalan todos sus vestidos», dice David, como si los vestidos mismos del Salvador fueran tan embalsamados por su persona que El no podría sino amarlos. En verdad, no hay lugar que esos santificados pies hayan pisado, ni palabra que los benditos labios hayan expresado, ni siquiera un pensamiento que su amorosa Palabra haya revelado que no nos sea precioso más allá de toda ponderación. Y esto es también verdadero en cuanto a los nombres de Cristo: son todos dulces en los oídos del creyente. Ya se le llame el esposo de la Iglesia, o novio, o amigo; ya se le designe como el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, rey, profeta o sacerdote, cada uno de los títulos de nuestro Maestro: Shiloh, Emmanuel, Admirable, Dios Fuerte y Consejero, cada uno de sus nombres es como panal que destila miel, cuyas gotas son deliciosas. Pero si para el oído del creyente hay un nombre más dulce que otro, ese nombre es Jesús. ¡Jesús!, el nombre que hace que los arpas del cielo toquen armoniosamente. ¡Jesús!, la vida de todas nuestros goces. Si hay un nombre más fascinador que otro, más precioso que otro, ese nombre es Jesús. Está entrelazado en la misma trama y urdiembre de nuestro himnario. Muchos de nuestros himnos empiezan con este nombre, y, apenas habrá alguno que valga algo que acabe sin El. Es la suma total de todos los deleites. Es la música con la cual las campanas del cielo tocan; un canto en una palabra; un océano por su significado, aunque una gota por su brevedad; un resumen de las aleluyas de la eternidad en cinco letras.

Saludo con la Paz de nuestro Señor Jesucristo

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