Rom.8:11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.
VIVIFICARA TAMBIÉN VUESTROS CUERPOS MORTALES...
"La primera prueba que ofreceré de esto, es que ha sido la constante e invariable verdad de los santos desde los primeros períodos del tiempo. Abraham pues el creía en la resurrección de los muertos, pues se dice en la Epístola a los Hebreos, en el capítulo 11, y en el versículo 19, que "pensaba que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos (a Isaac), de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir." No albergo ninguna duda de que José creía en la resurrección, pues dio instrucciones concernientes a sus huesos; y seguramente no habría sido tan cuidadoso de su cuerpo, si no hubiera creído que habría de ser resucitado de los muertos. El patriarca Job era un firme creyente en la resurrección, pues comentó en el texto que es citado repetidamente (Job 19: 25, 26): "Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios." David creía en la resurrección más allá de cualquier sombra de duda, pues cantó de Cristo: "Porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción." Daniel creyó en ella, pues dijo que: "muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua." Las almas no duermen en el polvo; los cuerpos sí.
Les hará bien acudir a uno o dos pasajes para ver qué pensaban estos santos hombres. Por ejemplo, en Isaías, en 26: 19, se lee: "Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo!, porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos." No ofreceremos ninguna explicación. El texto es positivo y seguro.
Dejemos que hable otro profeta: Oseas, en el capítulo 6 y versículos 1 y 2: "Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él." Aunque esto no declara la resurrección, la usa como una figura que no sería útil si no fuera considerada como una verdad establecida. Pablo también declara en Hebreos 11: 35, que esa fue la fe constante de los mártires, pues dice: "Otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección."
Todos esos hombres y mujeres santos que, durante el tiempo de los Macabeos, se mantuvieron firmes por su fe, y soportaron el fuego y la espada e inenarrables torturas, creyeron en la resurrección, y esa resurrección los estimulaba para entregar sus cuerpos a las llamas, sin que les importara ni siquiera la muerte, sino que creían que después alcanzarían una bendita resurrección.
Pero nuestro Señor trajo la resurrección a la luz de la manera más excelente, pues explícita y frecuentemente la declaró. "No os maravilléis de esto"; -dijo- "porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz." "Viene la hora cuando llamará a los muertos a juicio, y estarán delante de su trono." En verdad, en toda Su predicación hubo un flujo continuo de una creencia firme, y de una positiva declaración pública de la resurrección de los muertos. No los abrumaré con pasajes de los escritos de los apóstoles: ellos abundan en el tema. De hecho, la Santa Escritura está tan llena de esta doctrina que me sorprende, hermanos, que nos hubiéramos apartado tan pronto de la firmeza de nuestra fe, y que se llegara a creer en muchas iglesias que los cuerpos materiales de los santos no vivirán otra vez, y especialmente que los cuerpos de los impíos no tendrán una existencia futura. Nosotros sostenemos según nuestro texto, que "ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos."
Una segunda prueba, pensamos, la encontramos en la transposición de Enoc y Elías al cielo. Leemos de dos hombres que fueron al cielo en sus cuerpos. "Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios"; y Elías fue transportado al cielo en un carro de fuego. Ninguno de estos hombres dejó sus cenizas en el sepulcro: ninguno dejó su cuerpo para que fuera consumido por el gusano, y ambos ascendieron a lo alto en sus cuerpos mortales (sin duda cambiados y glorificados). Ahora, esos dos individuos fueron la garantía de que todos hemos de resucitar de la misma manera. ¿Sería verosímil que dos espíritus relumbrantes estuvieran en el cielo vestidos de carne, mientras que el resto de nosotros estuviéramos desvestidos? ¿Sería algo razonable que Enoc y Elías fueran los únicos santos que tuvieran sus cuerpos en el cielo, y que nosotros estuviéramos allí únicamente en nuestras almas, ¡pobres almas!, anhelando contar otra vez con nuestros cuerpos?
No; nuestra fe nos dice que habiendo ido estos dos hombres al cielo con seguridad, como lo expresa John Bunyan, el el libro "El Peregrino" por un puente que nadie más pisó, gracias al cual no se vieron en la necesidad de vadear el río, nosotros seremos alzados de las aguas, y nuestra carne no morará para siempre en la corrupción.
Hay un notable pasaje en Judas, en el que se habla de que cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir "juicio de maldición". Ahora, el diablo pensaba turbar ese cuerpo, pero Miguel contendía con él por esa causa. Ahora, ¿habría una contención acerca de ese cuerpo si no hubiese sido de ningún valor? ¿Contendería Miguel por aquello que habría de servir únicamente de alimento de los gusanos? ¿Lucharía con el enemigo por aquello que habría de ser esparcido a los cuatro vientos del cielo, para no ser reunido nunca en una armazón más buena y nueva? No; seguramente que no. y donde "los rústicos antepasados de aldea duermen", en algún rincón recubierto de ortigas, cada átomo será reunido, para que en la resurrección esos cuerpos, con más gloria de la que tuvieron en la tierra, puedan levantarse para morar por siempre con el Señor.
Pero, además, las resurrecciones que ya han tenido lugar nos dan esperanza y confianza de que habrá una resurrección de todos los santos. ¿No recuerdan que está escrito que cuando Jesús resucitó de los muertos, muchos de los santos que estaban en sus sepulcros resucitaron, y vinieron a la ciudad, y aparecieron a muchos? ¿No han oído que Lázaro, aunque había estado muerto tres días, salió del sepulcro a la palabra de Jesús? ¿No han leído nunca cómo la hija de Jairo despertó del sueño de la muerte cuando Él dijo: "Talita cumi"? ¿No le han visto nunca a las puertas de Naín, ordenando que el hijo de la viuda se levante del féretro? ¿Han olvidado que Dorcas, que hacía vestidos para los pobres, se sentó y vio a Pedro después de haber estado muerta? ¿Y no recuerdan a Eutico que cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto, pero, ante la oración de Pablo, fue resucitado de nuevo? O, ¿no vuela su imaginación al tiempo cuando el encanecido Elías se tendió sobre el niño muerto, y el niño respiró, y estornudó siete veces, y su alma volvió a él? O, ¿no han leído que cuando enterraron a un hombre, tan pronto como tocó los huesos del profeta, revivió, y se levantó sobre sus pies? Estas son prendas de la resurrección; unos cuantos especímenes, unas cuantas joyas ocasionales que son arrojadas en el mundo para decirnos cuán llena de joyas de la resurrección está la mano de Dios. Él nos ha dado pruebas de que es capaz de resucitar a los muertos por la resurrección de unos cuantos que después fueron vistos en la tierra por testigos infalibles.
Pero ahora debemos dejar estas cosas y debemos referirlos al Espíritu Santo a modo de confirmación de la doctrina de que los cuerpos de los santos resucitarán de nuevo. El capítulo en el que encontrarán una gran prueba está en la Primera Epístola a los Corintios, 6: 13: "Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo." El cuerpo, entonces, es del Señor. Cristo murió, no solamente para salvar mi alma, sino para salvar mi cuerpo. Se afirma que Él "vino a buscar y a salvar lo que se había perdido".
Cuando Adán pecó perdió su cuerpo, y perdió también su alma; era un hombre perdido, perdido por completo. Y cuando Cristo vino para salvar a Su pueblo, vino para salvar sus cuerpos y sus almas. "Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor." ¿Acaso es este cuerpo para el Señor, y sin embargo será devorado por la muerte? ¿Acaso es este cuerpo para el Señor, y los vientos esparcirán muy lejos sus partículas donde nunca encontrarán a sus congéneres? ¡No!, el cuerpo es para el Señor, y el Señor lo tendrá. "Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder."
Ahora miren el verso siguiente: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?" No únicamente el alma es una parte de Cristo, unida a Cristo, sino el cuerpo lo es también. Estas manos, estos pies, estos ojos, son miembros de Cristo, si soy un hijo de Dios. Soy uno con Él, no únicamente en cuanto a mi mente, sino uno con Él en cuanto a este cuerpo físico. El propio cuerpo es tomado en unión. La cadena de oro que ata a Cristo a Su pueblo se extiende alrededor del cuerpo y del alma también. ¿Acaso no dijo el apóstol: "Los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia"? Efesios 5: 31, 32. "Los dos serán una sola carne"; y el pueblo de Cristo no sólo es uno con Él en espíritu sino que son "una sola carne" también. La carne del hombre está unida con la carne del Dios-hombre; y nuestros cuerpos son miembros de Jesucristo. Bien, mientras viva la cabeza, el cuerpo no puede morir; y mientras Jesús viva, los miembros no pueden perecer.
Además, el apóstol dice, en el versículo 19: "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio." Dice que este cuerpo es el templo del Espíritu Santo; y cuando el Espíritu Santo mora en un cuerpo, no sólo lo santifica, sino que lo vuelve eterno. El templo del Espíritu Santo es tan eterno como el Espíritu Santo. Se pueden demoler otros templos y sus dioses también, pero el Espíritu Santo no puede morir, ni "puede perecer Su templo". ¿Acaso este cuerpo que ha contenido una vez al Espíritu Santo será pasto de gusanos siempre? ¿No será visto más, sino que será como los huesos secos del valle? No; los huesos secos vivirán, y el templo del Espíritu Santo será edificado otra vez. Aunque las piernas -los pilares- de ese templo caigan, aunque los ojos -sus ventanas- se oscurezcan, y aquellos que ven a través de ellos no vean más, sin embargo, Dios reconstruirá este tejido, alumbrará otra vez los ojos, y restaurará sus pilares y renovará su belleza, sí, "cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad."
Pero el argumento fundamental con el que concluimos nuestra prueba es que Cristo resucitó de los muertos, y, en verdad, Su pueblo lo hará también. Si Cristo resucitó de los muertos, todo Su pueblo ha de resucitar; que si no hay resurrección, entonces Cristo no ha resucitado. Pero no me quedaré considerando esta prueba por mucho tiempo, pues yo sé que todos ustedes sienten su poder, y no hay necesidad de que yo la exponga claramente.
Como Cristo resucitó en realidad de los muertos: carne y sangre, así será para nosotros. Cristo no era un espíritu cuando resucitó de los muertos; Su cuerpo podía ser tocado. ¿Acaso no puso Tomás su mano en Su costado? ¿Y no le dijo Cristo: "Palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo." Y si hemos de resucitar como resucitó Cristo -y eso es lo que se nos enseña- entonces resucitaremos en nuestros cuerpos, no como espíritus, no como excelentes cosas etéreas, hechos de no sé que, de alguna sustancia sumamente elástica y refinada, sino que "como el Señor nuestro Salvador resucitó, así todos sus seguidores han de resucitar".
Resucitaremos en nuestra carne, aunque "no toda carne es la misma carne"; resucitaremos en nuestros cuerpos, aunque no todos los cuerpos son los mismos cuerpos; y resucitaremos en gloria, aunque no todas las glorias son las mismas glorias. "Una carne es la de los hombres, otra carne es la de las bestias"; y hay una carne de este cuerpo, y otra carne del cuerpo celestial. Hay aquí un cuerpo para el alma, y otro cuerpo para el espíritu allá arriba; y, sin embargo, será el mismo cuerpo que resucitará de nuevo del sepulcro: el mismo, digo, en identidad, aunque no en gloria o en adaptación.
Ahora veamos algunos pensamientos prácticos derivados de esta doctrina, antes de pasar a otras consideraciones.
Hermanos míos, ¡qué pensamientos de consuelo hay en esta doctrina!!!, que afirma que los muertos resucitarán de nuevo. Algunos de nosotros quizá hemos estado parados junto a una tumba esta semana; y uno de nuestros hermanos, que sirvió largamente a su Señor en nuestro medio, fue colocado en la tumba. Él fue un hombre o mujer valiente por la verdad, infatigable en la labor, abnegado en el deber, y siempre preparado a seguir a su Señor alguien que en la máxima medida de su capacidad, fue servicial para la iglesia. Ahora, allí se vieron algunas lágrimas derramadas: ¿saben a qué se debían? No hubo una sola lágrima solitaria que haya sido derramada por su alma. No tuvimos que recurrir a la doctrina de la inmortalidad del alma para que nos diera consuelo, pues la conocíamos bien, estábamos perfectamente seguros de que había ascendido al cielo. El servicio funerario acostumbrado en la Iglesia no nos ofrece ningún consuelo relativo al alma del creyente que ha partido, y eso es sabio de su parte, puesto que está en la bienaventuranza, sino que nos alienta recordándonos la resurrección prometida para el cuerpo; y cuando hablo en relación a los muertos, no es para dar consuelo en cuanto al alma, sino en cuanto al cuerpo. Y esta doctrina de la resurrección tiene consuelo para los deudos en relación a la mortalidad enterrada. Ustedes no lloran porque su padre, hermano, esposa, esposo, haya ascendido al cielo: serían crueles si lloraran por eso. Ninguno de ustedes llora porque su amada madre esté delante del trono, sino lloran porque su cuerpo está en la tumba, porque esos ojos ya no pueden sonreírles, porque esas manos no pueden acariciarles, porque esos dulces labios no pueden pronunciar melodiosas notas de afecto. Lloran porque el cuerpo está frío, y muerto, semejante al barro. Ustedes no lloran por el alma.
Pero yo tengo un consuelo para ustedes. Ese mismo cuerpo resucitará de nuevo; ese ojo destellará con fuerza de nuevo; esa mano será extendida con afecto una vez más. Créanme, no les estoy diciendo ninguna ficción. Esa misma mano, esa mano real, esos brazos fríos, semejantes al barro, que cuelgan por el costado y se caen al ser levantados por ustedes, sostendrán un arpa un día; y esos pobres dedos, ahora helados y tiesos, serán agitados a lo largo de las cuerdas vivas de las arpas de oro en el cielo. Sí, ustedes verán ese cuerpo una vez más.
¿No secará eso tus lágrimas? "No está muerto, sino que duerme." No está perdido, sino que es "semilla sembrada para que madure para la cosecha." Su cuerpo está descansando por poco tiempo, bañándose en especias, para que sea apto para los abrazos de su Señor.
Y aquí hay consuelo para todos también, para los pobres sufrientes, que padecen en sus cuerpos. Algunos de ustedes son casi mártires que experimentan dolores de un tipo o de otro: lumbago, gota, reumatismos, y todo tipo de tristes situaciones de las que la carne es heredera. Escasamente transcurre un día sin que sean atormentados con un sufrimiento de algún tipo u otro; y podrían tener a cada rato al doctor de visita en su casa.
Aquí hay consuelo para ustedes. Ese pobre cuerpo destartalado vivirá otra vez sin sus dolores, sin sus agonías; ese pobre andamio trémulo recibirá el reembolso de todo lo que ha sufrido. ¡Ah!, pobre esclavo negro, cada cicatriz sobre tu espalda tendrá una franja de honor en el cielo. ¡Ah!, pobre mártir, la crepitación de tus huesos en el fuego te ganará algunos sonetos en la gloria; todos tus sufrimientos serán bien pagados por la felicidad que experimentarás allá. No temas sufrir en el cuerpo, porque tu cuerpo participará un día de tus deleites. Cada nervio se estremecerá de gozo, cada músculo se moverá por la bienaventuranza; tus ojos destellarán con el fuego de la eternidad; tu corazón palpitará y pulsará con bienaventuranza inmortal; tu estructura será el canal de beatitud; el cuerpo que es con frecuencia ahora una copa de ajenjo, será un recipiente de miel; este cuerpo que es a menudo un panal del cual destila hiel, será un panal de bienaventuranza para ti. Reciban consuelo, entonces, ustedes que sufren, que languidecen desfallecidos en el lecho: no tengan miedo, pues sus cuerpos vivirán.
Pero ahora tendremos una palabra de advertencia, y entonces habré concluido con esta parte de mi tema. Si sus cuerpos han de morar en el cielo, les suplico que los cuiden. No me refiero a que tengan cuidado con lo que comen y beben, y con lo que se han de vestir, aunque es necesario hacerlo, sino que me refiero a que tengan cuidado de que sus cuerpos no sean contaminados por el pecado. Si esta garganta ha de gorjear para siempre los cánticos de gloria, no permitan que palabras de impudencia la ensucien. Si estos ojos han de ver al rey en su hermosura, entonces esta ha de ser su oración: "Aparta mis ojos, que no vean la vanidad". Si estas manos han de sostener una rama de palma, oh, entonces nunca han de recibir un soborno, nunca han de buscar el mal. Si estos pies han de caminar por las calles de oro, entonces no han ser ligeros tras la maldad. Si esta lengua ha de hablar por siempre de todo lo que Él dijo e hizo, ¡ah!, entonces no ha de expresar cosas ligeras y frívolas. Y si este corazón ha de palpitar para siempre con bienaventuranza, les suplico que no se lo entreguen a extraños; tampoco le permitan extraviarse tras el mal. Si este cuerpo ha de vivir para siempre, qué cuidado hemos de darle, pues nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, y son miembros del Señor Jesús.
Ahora, ¿creerán en esta doctrina o no? Si no creen, están excomulgados de la fe. Esta es la fe del Evangelio; y si no creen en ella, todavía no han recibido el Evangelio. "Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados." Los muertos en Cristo van a resucitar, y resucitarán primero". (Seleccionado y adaptado de Charles Spurgeon - Sermon 66, año 1856)
Gloria sea por siempre al Señor Jesucristo, el alfa y la omega, el principio y el fin, el primero y el último, el que tiene las llaves de la muerte y de del Hades, al El sea gloria por siempre amen...
LECTURA BÍBLICA DE HOY
La Biblia en un Año.-
Capítulo 7
El pecado de Acán
Jos.7:1 Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema; porque Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel.
Jos.7:2 Después Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén hacia el oriente de Bet-el; y les habló diciendo: Subid y reconoced la tierra. Y ellos subieron y reconocieron a Hai.
Jos.7:3 Y volviendo a Josué, le dijeron: No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos.
Jos.7:4 Y subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai.
Jos.7:5 Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua.
Jos.7:6 Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas.
Jos.7:7 Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!
Jos.7:8 ¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos?
Jos.7:9 Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre?
Jos.7:10 Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?
Jos.7:11 Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres.
Jos.7:12 Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros.
Jos.7:13 Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros.
Jos.7:14 Os acercaréis, pues, mañana por vuestras tribus; y la tribu que Jehová tomare, se acercará por sus familias; y la familia que Jehová tomare, se acercará por sus casas; y la casa que Jehová tomare, se acercará por los varones;
Jos.7:15 y el que fuere sorprendido en el anatema, será quemado, él y todo lo que tiene, por cuanto ha quebrantado el pacto de Jehová, y ha cometido maldad en Israel.
Jos.7:16 Josué, pues, levantándose de mañana, hizo acercar a Israel por sus tribus; y fue tomada la tribu de Judá.
Jos.7:17 Y haciendo acercar a la tribu de Judá, fue tomada la familia de los de Zera; y haciendo luego acercar a la familia de los de Zera por los varones, fue tomado Zabdi.
Jos.7:18 Hizo acercar su casa por los varones, y fue tomado Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá.
Jos.7:19 Entonces Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras.
Jos.7:20 Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho.
Jos.7:21 Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.
Jos.7:22 Josué entonces envió mensajeros, los cuales fueron corriendo a la tienda; y he aquí estaba escondido en su tienda, y el dinero debajo de ello.
Jos.7:23 Y tomándolo de en medio de la tienda, lo trajeron a Josué y a todos los hijos de Israel, y lo pusieron delante de Jehová.
Jos.7:24 Entonces Josué, y todo Israel con él, tomaron a Acán hijo de Zera, el dinero, el manto, el lingote de oro, sus hijos, sus hijas, sus bueyes, sus asnos, sus ovejas, su tienda y todo cuanto tenía, y lo llevaron todo al valle de Acor.
Jos.7:25 Y le dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los israelitas los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos.
Jos.7:26 Y levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta hoy. Y Jehová se volvió del ardor de su ira. Y por esto aquel lugar se llama el Valle de Acor, hasta hoy.
Capítulo 8
Toma y destrucción de Hai
Jos.8:1 Jehová dijo a Josué: No temas ni desmayes; toma contigo toda la gente de guerra, y levántate y sube a Hai. Mira, yo he entregado en tu mano al rey de Hai, a su pueblo, a su ciudad y a su tierra.
Jos.8:2 Y harás a Hai y a su rey como hiciste a Jericó y a su rey; sólo que sus despojos y sus bestias tomaréis para vosotros. Pondrás, pues, emboscadas a la ciudad detrás de ella.
Jos.8:3 Entonces se levantaron Josué y toda la gente de guerra, para subir contra Hai; y escogió Josué treinta mil hombres fuertes, los cuales envió de noche.
Jos.8:4 Y les mandó, diciendo: Atended, pondréis emboscada a la ciudad detrás de ella; no os alejaréis mucho de la ciudad, y estaréis todos dispuestos.
Jos.8:5 Y yo y todo el pueblo que está conmigo nos acercaremos a la ciudad; y cuando salgan ellos contra nosotros, como hicieron antes, huiremos delante de ellos.
Jos.8:6 Y ellos saldrán tras nosotros, hasta que los alejemos de la ciudad; porque dirán: Huyen de nosotros como la primera vez. Huiremos, pues, delante de ellos.
Jos.8:7 Entonces vosotros os levantaréis de la emboscada y tomaréis la ciudad; pues Jehová vuestro Dios la entregará en vuestras manos.
Jos.8:8 Y cuando la hayáis tomado, le prenderéis fuego. Haréis conforme a la palabra de Jehová; mirad que os lo he mandado.
Jos.8:9 Entonces Josué los envió; y ellos se fueron a la emboscada, y se pusieron entre Bet-el y Hai, al occidente de Hai; y Josué se quedó aquella noche en medio del pueblo.
Jos.8:10 Levantándose Josué muy de mañana, pasó revista al pueblo, y subió él, con los ancianos de Israel, delante del pueblo contra Hai.
Jos.8:11 Y toda la gente de guerra que con él estaba, subió y se acercó, y llegaron delante de la ciudad, y acamparon al norte de Hai; y el valle estaba entre él y Hai.
Jos.8:12 Y tomó como cinco mil hombres, y los puso en emboscada entre Bet-el y Hai, al occidente de la ciudad.
Jos.8:13 Así dispusieron al pueblo: todo el campamento al norte de la ciudad, y su emboscada al occidente de la ciudad, y Josué avanzó aquella noche hasta la mitad del valle.
Jos.8:14 Y aconteció que viéndolo el rey de Hai, él y su pueblo se apresuraron y madrugaron; y al tiempo señalado, los hombres de la ciudad salieron al encuentro de Israel para combatir, frente al Arabá, no sabiendo que estaba puesta emboscada a espaldas de la ciudad.
Jos.8:15 Entonces Josué y todo Israel se fingieron vencidos y huyeron delante de ellos por el camino del desierto.
Jos.8:16 Y todo el pueblo que estaba en Hai se juntó para seguirles; y siguieron a Josué, siendo así alejados de la ciudad.
Jos.8:17 Y no quedó hombre en Hai ni en Bet-el, que no saliera tras de Israel; y por seguir a Israel dejaron la ciudad abierta.
Jos.8:18 Entonces Jehová dijo a Josué: Extiende la lanza que tienes en tu mano hacia Hai, porque yo la entregaré en tu mano. Y Josué extendió hacia la ciudad la lanza que en su mano tenía.
Jos.8:19 Y levantándose prontamente de su lugar los que estaban en la emboscada, corrieron luego que él alzó su mano, y vinieron a la ciudad, y la tomaron, y se apresuraron a prenderle fuego.
Jos.8:20 Y los hombres de Hai volvieron el rostro, y al mirar, he aquí que el humo de la ciudad subía al cielo, y no pudieron huir ni a una parte ni a otra, porque el pueblo que iba huyendo hacia el desierto se volvió contra los que les seguían.
Jos.8:21 Josué y todo Israel, viendo que los de la emboscada habían tomado la ciudad, y que el humo de la ciudad subía, se volvieron y atacaron a los de Hai.
Jos.8:22 Y los otros salieron de la ciudad a su encuentro, y así fueron encerrados en medio de Israel, los unos por un lado, y los otros por el otro. Y los hirieron hasta que no quedó ninguno de ellos que escapase.
Jos.8:23 Pero tomaron vivo al rey de Hai, y lo trajeron a Josué.
Jos.8:24 Y cuando los israelitas acabaron de matar a todos los moradores de Hai en el campo y en el desierto a donde los habían perseguido, y todos habían caído a filo de espada hasta ser consumidos, todos los israelitas volvieron a Hai, y también la hirieron a filo de espada.
Jos.8:25 Y el número de los que cayeron aquel día, hombres y mujeres, fue de doce mil, todos los de Hai.
Jos.8:26 Porque Josué no retiró su mano que había extendido con la lanza, hasta que hubo destruido por completo a todos los moradores de Hai.
Jos.8:27 Pero los israelitas tomaron para sí las bestias y los despojos de la ciudad, conforme a la palabra de Jehová que le había mandado a Josué.
Jos.8:28 Y Josué quemó a Hai y la redujo a un montón de escombros, asolada para siempre hasta hoy.
Jos.8:29 Y al rey de Hai lo colgó de un madero hasta caer la noche; y cuando el sol se puso, mandó Josué que quitasen del madero su cuerpo, y lo echasen a la puerta de la ciudad; y levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta hoy.
Lectura de la ley en el Monte Ebal
Jos.8:30 Entonces Josué edificó un altar a Jehová Dios de Israel en el monte Ebal,
Jos.8:31 como Moisés siervo de Jehová lo había mandado a los hijos de Israel, como está escrito en el libro de la ley de Moisés, un altar de piedras enteras sobre las cuales nadie alzó hierro; y ofrecieron sobre él holocaustos a Jehová, y sacrificaron ofrendas de paz.
Jos.8:32 También escribió allí sobre las piedras una copia de la ley de Moisés, la cual escribió delante de los hijos de Israel.
Jos.8:33 Y todo Israel, con sus ancianos, oficiales y jueces, estaba de pie a uno y otro lado del arca, en presencia de los sacerdotes levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, así los extranjeros como los naturales. La mitad de ellos estaba hacia el monte Gerizim, y la otra mitad hacia el monte Ebal, de la manera que Moisés, siervo de Jehová, lo había mandado antes, para que bendijesen primeramente al pueblo de Israel.
Jos.8:34 Después de esto, leyó todas las palabras de la ley, las bendiciones y las maldiciones, conforme a todo lo que está escrito en el libro de la ley.
Jos.8:35 No hubo palabra alguna de todo cuanto mandó Moisés, que Josué no hiciese leer delante de toda la congregación de Israel, y de las mujeres, de los niños, y de los extranjeros que moraban entre ellos.
Capítulo 9
Astucia de los gabaonitas
Jos.9:1 Cuando oyeron estas cosas todos los reyes que estaban a este lado del Jordán, así en las montañas como en los llanos, y en toda la costa del Mar Grande delante del Líbano, los heteos, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos,
Jos.9:2 se concertaron para pelear contra Josué e Israel.
Jos.9:3 Mas los moradores de Gabaón, cuando oyeron lo que Josué había hecho a Jericó y a Hai,
Jos.9:4 usaron de astucia; pues fueron y se fingieron embajadores, y tomaron sacos viejos sobre sus asnos, y cueros viejos de vino, rotos y remendados,
Jos.9:5 y zapatos viejos y recosidos en sus pies, con vestidos viejos sobre sí; y todo el pan que traían para el camino era seco y mohoso.
Jos.9:6 Y vinieron a Josué al campamento en Gilgal, y le dijeron a él y a los de Israel: Nosotros venimos de tierra muy lejana; haced, pues, ahora alianza con nosotros.
Jos.9:7 Y los de Israel respondieron a los heveos: Quizás habitáis en medio de nosotros. ¿Cómo, pues, podremos hacer alianza con vosotros?
Jos.9:8 Ellos respondieron a Josué: Nosotros somos tus siervos. Y Josué les dijo: ¿Quiénes sois vosotros, y de dónde venís?
Jos.9:9 Y ellos respondieron: Tus siervos han venido de tierra muy lejana, por causa del nombre de Jehová tu Dios; porque hemos oído su fama, y todo lo que hizo en Egipto,
Jos.9:10 y todo lo que hizo a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán: a Sehón rey de Hesbón, y a Og rey de Basán, que estaba en Astarot.
Jos.9:11 Por lo cual nuestros ancianos y todos los moradores de nuestra tierra nos dijeron: Tomad en vuestras manos provisión para el camino, e id al encuentro de ellos, y decidles: Nosotros somos vuestros siervos; haced ahora alianza con nosotros.
Jos.9:12 Este nuestro pan lo tomamos caliente de nuestras casas para el camino el día que salimos para venir a vosotros; y helo aquí ahora ya seco y mohoso.
Jos.9:13 Estos cueros de vino también los llenamos nuevos; helos aquí ya rotos; también estos nuestros vestidos y nuestros zapatos están ya viejos a causa de lo muy largo del camino.
Jos.9:14 Y los hombres de Israel tomaron de la provisiones de ellos, y no consultaron a Jehová.
Jos.9:15 Y Josué hizo paz con ellos, y celebró con ellos alianza concediéndoles la vida; y también lo juraron los príncipes de la congregación.
Jos.9:16 Pasados tres días después que hicieron alianza con ellos, oyeron que eran sus vecinos, y que habitaban en medio de ellos.
Jos.9:17 Y salieron los hijos de Israel, y al tercer día llegaron a las ciudades de ellos; y sus ciudades eran Gabaón, Cafira, Beerot y Quiriat-jearim.
Jos.9:18 Y no los mataron los hijos de Israel, por cuanto los príncipes de la congregación les habían jurado por Jehová el Dios de Israel. Y toda la congregación murmuraba contra los príncipes.
Jos.9:19 Mas todos los príncipes respondieron a toda la congregación: Nosotros les hemos jurado por Jehová Dios de Israel; por tanto, ahora no les podemos tocar.
Jos.9:20 Esto haremos con ellos: les dejaremos vivir, para que no venga ira sobre nosotros por causa del juramento que les hemos hecho.
Jos.9:21 Dijeron, pues, de ellos los príncipes: Dejadlos vivir; y fueron constituidos leñadores y aguadores para toda la congregación, concediéndoles la vida, según les habían prometido los príncipes.
Jos.9:22 Y llamándolos Josué, les habló diciendo: ¿Por qué nos habéis engañado, diciendo: Habitamos muy lejos de vosotros, siendo así que moráis en medio de nosotros?
Jos.9:23 Ahora, pues, malditos sois, y no dejará de haber de entre vosotros siervos, y quien corte la leña y saque el agua para la casa de mi Dios.
Jos.9:24 Y ellos respondieron a Josué y dijeron: Como fue dado a entender a tus siervos que Jehová tu Dios había mandado a Moisés su siervo que os había de dar toda la tierra, y que había de destruir a todos los moradores de la tierra delante de vosotros, por esto temimos en gran manera por nuestras vidas a causa de vosotros, e hicimos esto.
Jos.9:25 Ahora, pues, henos aquí en tu mano; lo que te pareciere bueno y recto hacer de nosotros, hazlo.
Jos.9:26 Y él lo hizo así con ellos; pues los libró de la mano de los hijos de Israel, y no los mataron.
Jos.9:27 Y Josué los destinó aquel día a ser leñadores y aguadores para la congregación, y para el altar de Jehová en el lugar que Jehová eligiese, lo que son hasta hoy
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María visita a Elizabeth
Luc.1:39 En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá;
Luc.1:40 y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet.
Luc.1:41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo,
Luc.1:42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.
Luc.1:43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?
Luc.1:44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
Luc.1:45 Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.
Luc.1:46 Entonces María dijo:
Engrandece mi alma al Señor;
Luc.1:47 Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
Luc.1:48 Porque ha mirado la bajeza de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.
Luc.1:49 Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso;
Santo es su nombre,
Luc.1:50 Y su misericordia es de generación en generación
A los que le temen.
Luc.1:51 Hizo proezas con su brazo;
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
Luc.1:52 Quitó de los tronos a los poderosos,
Y exaltó a los humildes.
Luc.1:53 A los hambrientos colmó de bienes,
Y a los ricos envió vacíos.
Luc.1:54 Socorrió a Israel su siervo,
Acordándose de la misericordia
Luc.1:55 De la cual habló a nuestros padres,
Para con Abraham y su descendencia para siempre.
Luc.1:56 Y se quedó María con ella como tres meses; después se volvió a su casa.
Lecturas Matutinas de Spurgeon
MARZO 21.-
Participando de sus sufrimientos
“Seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo” (Juan 16:32).-
Pocos participaron en los sufrimientos del Getsemani. La mayor parte de los discípulos no habían progresado lo suficiente en la gracia como para que les fuese permitido contemplar los misterios de la agonía. Ocupados en la fiesta de la Pascua en sus propias casas, representaban a muchos que viven en la letra, pero que son simples niños en cuando al espíritu del Evangelio. Solo a los doce, mejor dicho a los once, se les había dado el privilegio de entrar en el Getsemaní y contemplar el «gran espectáculo». De los once, ocho fueron dejados a cierta distancia; éstos tuvieron participación, pero no de esa clase íntima a la que los hombres muy amados son admitidos. Solo tres muy favorecidos pudieron acercarse al velo de las misteriosas aflicciones del Señor; dentro de aquel velo ni aun éstos deben entrar; han de quedarse a la distancia de un tiro de piedra. Jesús debe pisar solo el lagar, ninguno debía estar con El. Pedro y los dos hijos de Zebedeo representan los pocos santos eminentes y experimentados, que se pueden anotar como «Padres»; éstos, habiendo negociado en profundas aguas, pueden en algún grado medir las vastas olas del atlántico de la pasión de su Redentor. A algunos espíritus selectos les son dados (para bien de otros y con el fin de fortalecerlos para el futuro), especial y tremendos conflictos, para que entren en el círculo más íntimo y oigan las intercesiones del Sumo sacerdote que sufre; participan con El de sus padecimientos en conformidad a su muerte. Sin embargo, ni aun éstos pueden penetrar en los lugares secretos de los ayes del Salvador. «Tus desconocidos sufrimientos», es la notable expresión de la liturgia griega; había una cámara secreta en la congoja de nuestro Maestro que estaba oculta del conocimiento y participación humanos. Allí Jesús es «dejado solo». En este caso Jesús fue más que nunca un «don inefable».
Saludo con la Paz de nuestro Señor Jesucristo

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